México se suma a una coalición global y estrenó una norma para reducir impactos acústicos en cetáceos, tortugas y tiburones.
Contaminación que no se ve
El océano también se contamina con sonido. Buques, prospecciones sísmicas (estudios que usan ondas de sonido en el mar para explorar el subsuelo y buscar posibles yacimientos de hidrocarburos), obras costeras, sonares, turismo marino y otras actividades humanas generan ruido que viaja grandes distancias bajo el agua y altera la vida de especies que dependen del sonido para sobrevivir.
Ballenas, delfines y otros cetáceos usan señales acústicas para comunicarse, orientarse, buscar alimento, reconocer rutas migratorias y encontrar pareja. Cuando el ruido artificial domina el ambiente, esas señales pueden quedar enmascaradas. El resultado incluye estrés, desplazamiento de hábitats, cambios de conducta y afectaciones en ciclos de alimentación, reproducción y crianza.
Por eso surgió la iniciativa internacional conocida como Coalición de Alta Ambición por un Océano Silencioso, lanzada en junio de 2025 durante la tercera Conferencia de Naciones Unidas sobre los Océanos, en Niza, Francia. La propuesta, impulsada por Panamá y Canadá junto con otros países, busca colocar la contaminación acústica submarina en la agenda global de conservación.
México entra al debate
México aparece entre los países que respaldan esta coalición. Su adhesión coloca el tema en una zona estratégica: el país tiene litorales en el Pacífico, el Golfo de California, el Golfo de México y el Caribe, además de rutas migratorias de ballenas, zonas de crianza, arrecifes, islas oceánicas y áreas naturales protegidas con alta biodiversidad.
El avance más concreto en territorio nacional es la NOM-021-ASEA-2026, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 4 de mayo de 2026. La norma regula las prospecciones sísmicas marinas para reconocimiento y exploración superficial del sector hidrocarburos.
Este tipo de estudios usa fuentes acústicas para obtener información del subsuelo marino. La propia norma reconoce que esas emisiones pueden causar efectos fisiológicos y conductuales negativos en fauna marina, incluso en ciclos migratorios, alimenticios y reproductivos.
La regulación obliga a planear las operaciones con análisis de riesgo, modelado acústico, zonas de exclusión, observadores de especies protegidas y monitoreo acústico pasivo. También establece medidas especiales cuando las actividades se realizan junto a áreas naturales protegidas o zonas sensibles.
Qué especies quedan bajo mayor atención
La NOM-021 pone énfasis en mamíferos marinos del orden Cetacea, donde se encuentran ballenas y delfines. También considera tortugas marinas y tiburones de los órdenes Lamniformes y Orectolobiformes, que incluyen especies particularmente vulnerables.
En la práctica, esto obliga a las empresas reguladas a identificar temporadas de alimentación, reproducción, crianza y migración antes de iniciar operaciones. También deben ajustar la programación cuando exista riesgo de interferir con esos momentos biológicos.
Otro elemento central es el monitoreo acústico pasivo, conocido como PAM. Esta técnica usa hidrófonos y software especializado para detectar vocalizaciones de mamíferos marinos, incluso cuando no pueden observarse a simple vista.
Zonas protegidas frente al ruido
México cuenta con 232 Áreas Naturales Protegidas federales. De ellas, 31 tienen superficie terrestre-marina y 9 son exclusivamente marinas. En conjunto, la superficie marina protegida suma 74,904,155 hectáreas, equivalentes a 23.78% de la superficie marina del territorio nacional.
Entre las zonas más relevantes para esta agenda están la Reserva de la Biosfera Alto Golfo de California y Delta del Río Colorado, hábitat de la vaquita marina; la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, clave para la ballena gris; el Parque Nacional Bahía de Loreto; el Parque Nacional Cabo Pulmo; el Parque Nacional Archipiélago de Espíritu Santo; el Parque Nacional Revillagigedo; el Parque Nacional Sistema Arrecifal Veracruzano; el Parque Nacional Arrecife Alacranes; el Parque Nacional Arrecifes de Cozumel; y la Reserva de la Biosfera Caribe Mexicano.
Estas áreas no se protegen de una sola manera. Cada una requiere decretos, programas de manejo, zonificación, reglas de uso, vigilancia, permisos, monitoreo biológico y restricciones específicas para actividades como pesca, turismo, navegación, buceo, investigación, construcción o aprovechamiento de recursos.
En áreas con ballenas, además, aplica la NOM-131-SEMARNAT-2010, que regula la observación turística. Esta norma fija distancias, tiempos de permanencia y número de embarcaciones alrededor de los ejemplares. Aunque se diseñó para ordenar el avistamiento, también ayuda a reducir perturbaciones por presencia humana.
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Protección más allá del papel
El reto consiste en convertir las reglas en protección efectiva. Las áreas naturales protegidas funcionan mejor cuando combinan vigilancia, ciencia, participación comunitaria y cumplimiento real de la ley. En zonas marinas, eso implica patrullaje, monitoreo satelital de embarcaciones, control de permisos, inspección pesquera, reportes ciudadanos y coordinación entre autoridades ambientales, marítimas y de seguridad.
La protección acústica añade una capa nueva. No basta con trazar polígonos en un mapa. También se requiere medir el ruido, identificar rutas de embarcaciones, regular actividades de alto impacto y ajustar operaciones durante temporadas sensibles.
La NOM-021 ya da un paso en esa dirección al exigir que las prospecciones sísmicas adyacentes a áreas naturales protegidas definan zonas de exclusión mediante modelado acústico. También indica que esas zonas no deben invadir las áreas protegidas y deben considerar sus zonas de influencia cuando existan.
Pendiente: embarcaciones y turismo
La norma mexicana atiende un sector específico: la prospección sísmica ligada a hidrocarburos. Sin embargo, el ruido más constante en los mares suele venir del tránsito de embarcaciones comerciales, turísticas, pesqueras y de apoyo portuario.
Ahí está el siguiente desafío. México ya tiene áreas marinas protegidas, reglas para avistamiento de ballenas y una norma para exploración sísmica, pero falta una política más amplia sobre ruido submarino de embarcaciones, especialmente en corredores migratorios, zonas de crianza, arrecifes y destinos turísticos con alta presión náutica.
La Coalición por un Océano Silencioso plantea justamente esa ruta: buques más silenciosos, áreas protegidas acústicamente funcionales, medidas operativas para reducir ruido y cooperación científica para compartir herramientas de medición.
Un mar que necesita escucharse
El concepto de “océanos silenciosos” no significa mares sin sonido. Al contrario: busca recuperar paisajes sonoros naturales, donde las especies puedan escuchar, comunicarse y orientarse sin quedar sepultadas por motores, explosiones acústicas o tráfico excesivo.
Para México, el tema conecta conservación, turismo, pesca, energía, transporte marítimo y ciencia. La pregunta de fondo ya no es sólo cuántas hectáreas marinas están protegidas, sino qué tan funcionales son esas protecciones para especies que viven, migran y se reproducen a través del sonido.
La contaminación acústica submarina deja una advertencia clara: el daño ambiental también puede ser invisible. Y en el mar, lo invisible puede escucharse demasiado fuerte.
