Un equipo del Tec de Monterrey usa nanotecnología y compuestos naturales para atravesar biopelículas y frenar infecciones difíciles sin antibióticos.
Riesgo global que ya está aquí
La resistencia antimicrobiana dejó de ser un tema exclusivo de laboratorios y se convirtió en un problema cotidiano: infecciones que antes se resolvían con un antibiótico común hoy pueden complicarse, prolongarse o reaparecer. El fenómeno crece por una mezcla explosiva de automedicación, prescripción inadecuada, tratamientos interrumpidos y uso extensivo de antimicrobianos en distintos entornos.
Aunque las proyecciones hacia 2050 suelen variar según el modelo, el mensaje central es consistente: si la tendencia sigue, las infecciones resistentes podrían escalar hasta competir con las principales causas de muerte a nivel mundial. En otras palabras, el “regreso” de infecciones difíciles no sería un salto al pasado, sino una consecuencia directa de cómo usamos —y desgastamos— los antimicrobianos en el presente.
Biopelículas: enemigo dentro del enemigo
Uno de los mayores dolores de cabeza clínicos no es sólo la bacteria, sino su “forma de vida” cuando se organiza. Muchas bacterias construyen biopelículas: estructuras microscópicas que les permiten adherirse a superficies y formar comunidades protegidas por una matriz que funciona como escudo.
En heridas crónicas, catéteres, prótesis e implantes, esa capa protectora puede reducir la eficacia de tratamientos y favorecer infecciones persistentes. El resultado se siente en dos frentes: pacientes con procesos largos y recaídas, y hospitales con superficies y dispositivos más difíciles de desinfectar por completo.
La apuesta del Tec: nanoescala con compuestos naturales
En este contexto, investigadoras de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey desarrollan una alternativa “no antibiótica” basada en nanopartículas poliméricas biodegradables. El proyecto está liderado por María Luisa Del Prado Audelo y Alejandra Romero Montero, y busca un objetivo concreto: atravesar biopelículas para liberar compuestos antimicrobianos directamente donde la infección se protege mejor.
La estrategia combina nanotecnología con fitoquímicos presentes en aceites esenciales —como orégano, tomillo y comino—, conocidos por su actividad antimicrobiana. La idea no es “sustituir” de inmediato a los antibióticos, sino sumar herramientas cuando el tratamiento convencional se topa con barreras físicas y adaptativas.
“Caballo de Troya” a escala nanométrica
El corazón tecnológico del proyecto son nanopartículas de entre 150 y 200 nanómetros. Su tamaño importa porque incrementa la probabilidad de penetrar la biopelícula y liberar el contenido desde dentro, no desde afuera.
María Luisa Del Prado Audelo explica el planteamiento como un enfoque tipo “Caballo de Troya”: en lugar de intentar romper la barrera desde la superficie, las partículas atraviesan la matriz y liberan los compuestos bioactivos en el interior. Con ello, se busca desestabilizar la estructura protectora y atacar a las bacterias sin recurrir de manera exclusiva a antibióticos tradicionales.
¿Por qué PLGA y qué significa “biodegradable” en medicina?
Las nanopartículas se fabrican con PLGA (poly(lactic-co-glycolic acid)), un polímero biocompatible y biodegradable usado desde hace años en aplicaciones médicas. “Biodegradable” aquí no es un eslogan: significa que, tras cumplir su función, el material se degrada en subproductos que el organismo puede procesar, lo que reduce el riesgo de residuos persistentes.
Ese detalle es clave para pensar en aplicaciones reales: no basta con que algo mate bacterias en una placa de laboratorio; también debe poder administrarse con seguridad y comportarse de forma predecible en un entorno clínico.
De dispositivos médicos a heridas crónicas: un impacto con sello mexicano
El proyecto inició con una preocupación muy concreta: la colonización bacteriana en dispositivos médicos. Luego amplió su alcance hacia heridas crónicas, un problema especialmente relevante en México por la carga de enfermedades metabólicas. Entre los escenarios más sensibles está el pie diabético, donde una infección puede volverse persistente y escalar con rapidez.
Además del tratamiento, el enfoque abre la puerta a usos preventivos: recubrimientos, desinfección de superficies hospitalarias y control microbiano en entornos donde la higiene es crítica. La ruta no es inmediata, pero la lógica es clara: si la biopelícula es una fortaleza, el combate necesita herramientas que sepan entrar.
En qué etapa va y qué falta antes de llegar al hospital
El equipo reporta una etapa avanzada de validación experimental y, al mismo tiempo, el análisis de esquemas de protección intelectual para una posible transferencia tecnológica. Aquí conviene subrayar una realidad: pasar del laboratorio a una aplicación clínica exige evaluación preclínica y clínica rigurosa, con tiempos y requisitos que no se pueden saltar.
Aun así, algunas implementaciones no clínicas —por ejemplo, soluciones para desinfección o control microbiano en superficies— podrían avanzar en plazos más cortos si superan pruebas de seguridad, eficacia y estabilidad.
Ciencia colaborativa y una señal estratégica
El desarrollo se realiza en el laboratorio Inbiotech del Tecnológico de Monterrey y suma colaboración con instituciones como la UNAM (a través del Instituto de Investigaciones en Materiales) y la UAM Iztapalapa. Esa combinación fortalece el análisis teórico, computacional y experimental, que es justo lo que se necesita cuando se trabaja en la escala donde cambian las reglas físicas y químicas.
En el fondo, el proyecto propone un giro de enfoque: reducir la dependencia “sólo” de antibióticos y apostar por estrategias que limiten la capacidad adaptativa de las bacterias, atacando también sus mecanismos de protección comunitaria. En la carrera contra la resistencia, la innovación no es una metáfora: es una condición de supervivencia.
