El sector empresarial mexicano entra al 2026 con el pie izquierdo, arrastrando un pesimismo crónico que huele a estancamiento perpetuo. El último Monitoreo de Percepciones Empresariales de Vestiga Consultores pinta un panorama desolador: los que mandan en las compañías del país están con el ánimo por los suelos, y no es para menos después de años de crecimiento anémico que no alcanza ni para tapar los agujeros de pobreza, desempleo y desigualdad rampantes.
El dato que clava el cuchillo: apenas el 15% de las empresas tiene planes concretos y serios de invertir en grande este año, como contratar mano de obra o expandir operaciones para generar algo de movimiento económico. Un demoledor 74% lo descarta de plano, como si el país fuera una zona de guerra económica, y el 11% restante se queda en el limbo, esperando que el caos ambiental se disipe antes de soltar un peso.
Esto no es casualidad; es el resultado de un gobierno que ha fallado estrepitosamente en crear condiciones mínimas de estabilidad, con políticas erráticas que ahuyentan a cualquiera con dos dedos de frente.
Sergio Díaz, socio director de Vestiga, lo dice sin anestesia: “Normalmente, las expectativas de empresarios e inversionistas son cuidadosamente medidas en varios países para proyectar las probabilidades de que se genere inversión. Expectativas negativas no son, en forma alguna, una noticia alentadora para la marcha económica de ningún país”. Y en México duele doble porque llevamos una década perdida con crecimientos ridículos del PIB –apenas 1.2% proyectado para 2026 según el OECD, muy por debajo del 3-4% que se necesita para un país con 130 millones de almas y necesidades urgentes en infraestructura, educación y salud–.
Para colmo, el BBVA Research ajustó su pronóstico a un miserable 1.2% para 2026, culpando a la debilidad en la demanda interna, con inversión fija bruta cayendo un 7.3% acumulado en 2025, y un consumo estancado que no levanta cabeza.
Es un círculo vicioso: sin inversión, no hay empleos; sin empleos, no hay consumo; sin consumo, la economía se arrastra como zombie.
El pesimismo se filtra hasta los huesos internos de las empresas. En casi 6 de cada 10, los líderes se declaran “poco” o “nada” optimistas sobre el desempeño de la economía nacional en 2026 comparado con 2025, y solo un 15% se atreve a fingir que está “muy optimista”. Esto casa perfecto con los índices de confianza manufacturera del INEGI, que cayeron a 48.1 puntos en febrero 2026 –el nivel más bajo en cinco años, por debajo del umbral neutral de 50 por 12 meses seguidos–. La disposición a invertir se hundió a 34.2 puntos, el outlook para la economía nacional a 51.9, y para las propias compañías a 55.7, reflejando un miedo paralizante a más incertidumbre.
Y no es solo humo: el OECD advierte que el crecimiento se quedará en un modesto 1%, con riesgos a la baja por barreras comerciales y falta de revitalización en inversión, pese a intentos como el “Plan México” para desburocratizar y mejorar cadenas de suministro –que suenan bien en papel, pero en la práctica son un chiste si no se atacan los elefantes en la habitación.
Con las ventas propias, el panorama es igual de sombrío: apenas 18% espera resultados mejores que en 2025, mientras un 35% se prepara para una caída libre y más del 40% anticipa quedarse patinando en el mismo lodo. Díaz lo clava: “Los inversionistas no pueden desligar sus expectativas sobre la economía del desempeño que estiman para sus propias organizaciones. En esta ocasión observamos un bajo ánimo también en ese frente”. Sumemos datos duros de encuestas similares: en reportes previos de Vestiga, el 55% de empresarios veía una probabilidad alta de recesión local (contra. 44% global), y el 79% esperaba que les pegara duro en operaciones.
Hoy, con el USMCA en revisión y amenazas de aranceles desde EE.UU., la volatilidad del peso y la inflación acechando, el nearshoring que tanto se cacarea se queda en promesas vacías –inversión privada aún por debajo de niveles pre-pandemia, según analistas.
Y no para ahí el desastre. Datos complementarios de Vestiga en años recientes revelan riesgos internos que agravan el problema: 39% de empresas ven el robo de información como su mayor amenaza, 25% la rotación de personal (con renuncias disparadas por estrés laboral, que subió de 21% en 2021 a 36% en 2022), y 16% fraudes internos.
La inseguridad física también empeora: 37% se sienten “muy inseguras” ante crímenes, un salto del 32% anterior, y 39% anticipan crisis económica. Mientras, el gobierno presume mejoras en seguridad (51% de directivos perciben avances en estrategias), pero la realidad es un caos de violencia que frena todo.
Díaz cierra con un grito de auxilio que nadie parece oír: ante la incertidumbre global, la relación bilateral con EE.UU. hecha trizas (con revisiones del USMCA que podrían imponer tarifas y matar el nearshoring), el gobierno mexicano y las cúpulas empresariales deben dejar de fingir y pactar de una vez por todas en seguridad pública –que sigue siendo un desastre con carteles mandando en regiones enteras– y certeza jurídica –ausente gracias a reformas caprichosas que espantan capital–.
Sin eso, no hay quien invierta, y la economía se queda en cuidados intensivos indefinidos. Scotiabank lo resume brutal: inversión fija bruta cayó 7.6% acumulado, por incertidumbre política, recortes públicos y inseguridad rampante.
¿Fiesta o siesta eterna? Sin cambios reales, apostemos por lo segundo.
