Un taller gratuito para mujeres abre una pregunta pública: cuándo una actividad comunitaria cruza hacia promesas de sanación no demostradas.
Invitación que merece revisión

Una invitación difundida por un Centro LIBRE para las Mujeres ofrece el taller “El Poder Sanador del Reiki”, dirigido a mujeres de 15 años en adelante. La pieza lo presenta como una actividad gratuita, con cupo limitado, posibilidad de invitar a más mujeres y solicitud de llevar “tapete o cobija y ropa cómoda”.
El problema no está en ofrecer espacios de relajación, convivencia o acompañamiento emocional. Ese tipo de actividades puede tener valor comunitario, sobre todo en centros orientados a mujeres que buscan apoyo, redes y herramientas de autocuidado. La pregunta crítica aparece cuando una instancia pública usa la palabra “sanador” para promover una práctica cuya base terapéutica no cuenta con evidencia científica sólida.
Qué es el Reiki
El Reiki es una práctica de origen japonés asociada con la llamada “energía universal”. Sus practicantes suelen colocar las manos sobre el cuerpo o cerca de él, con la idea de canalizar energía para favorecer bienestar físico o emocional.
Esa explicación no forma parte de la medicina basada en evidencia. Hasta ahora, la existencia de una energía transferible por las manos, capaz de sanar enfermedades, no ha sido demostrada con mecanismos verificables.
Esto no significa que todas las personas que asisten a una sesión mientan sobre lo que sienten. Algunas pueden experimentar calma, descanso, acompañamiento o alivio subjetivo. La diferencia es importante: una cosa es relajarse en un entorno cuidado y otra muy distinta es presentar la actividad como una práctica con poder de curación.
Lo que dice la evidencia
La literatura científica sobre Reiki muestra resultados mixtos. Algunas revisiones recientes sugieren posibles efectos en percepción de bienestar, calidad de vida, estrés o ansiedad. Sin embargo, muchos estudios tienen muestras pequeñas, diseños heterogéneos, problemas de cegamiento o resultados difíciles de separar del efecto placebo, la relajación, la expectativa y la atención recibida.
Una revisión sistemática publicada en International Journal of Clinical Practice concluyó que la evidencia era insuficiente para sostener que el Reiki fuera efectivo para alguna condición médica. Cancer Research UK también advierte que no existe evidencia científica para demostrar que el Reiki prevenga, trate o cure cáncer u otras enfermedades.
Por eso, el punto crítico no es prohibir una actividad de relajación. El punto es evitar que desde un espacio público se sugiera, aunque sea de forma indirecta, que una práctica no comprobada puede sanar.
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El riesgo de un mensaje oficial
Los Centros LIBRE se presentan como espacios comunitarios para mujeres, con enfoque de derechos, participación colectiva, asesoría psicológica, jurídica, trabajo social y actividades culturales. Esa misión exige especial cuidado con el lenguaje.
Cuando una autoridad o programa público invita a un taller con el título “El Poder Sanador del Reiki”, el mensaje puede interpretarse como una validación institucional. Para una ciudadana, el sello de un centro gubernamental puede pesar más que una advertencia técnica. Si además la convocatoria incluye a adolescentes desde los 15 años, la responsabilidad aumenta.
En temas de salud, bienestar emocional o atención a mujeres en situación de vulnerabilidad, las palabras importan. “Relajación”, “autocuidado”, “respiración”, “convivencia” o “manejo del estrés” describen objetivos razonables. “Sanador” abre una expectativa distinta y puede inducir a creer que hay efectos terapéuticos comprobados.
Bienestar sí, pseudoterapia no
El Estado puede promover actividades de bienestar, arte, movimiento corporal, meditación, redes de apoyo y salud mental comunitaria. Pero debe hacerlo con información clara y sin atribuir propiedades médicas a prácticas no verificadas.
Una ruta responsable sería replantear este tipo de talleres como espacios de relajación o autocuidado, con una advertencia explícita: no sustituyen atención médica, psicológica ni psiquiátrica, y no deben usarse para abandonar tratamientos indicados por profesionales de la salud.
También convendría que las instituciones públicas sometan sus programas de bienestar a revisión técnica. No todo lo que “hace sentir bien” debe venderse como sanación. En políticas públicas, la empatía debe caminar junto con la evidencia.
La pregunta de fondo
México necesita centros comunitarios fuertes para mujeres. También necesita instituciones que no refuercen desinformación en salud. El acompañamiento emocional es valioso, pero no requiere promesas energéticas ni conceptos ambiguos de curación.
El caso del taller de Reiki deja una lección sencilla: cuando el dinero, los espacios o los sellos públicos respaldan una actividad, el estándar debe ser más alto. La confianza ciudadana no debe usarse para normalizar prácticas sin sustento clínico como si fueran herramientas de sanación.
