Crímenes atroces, de Enrique Zúñiga

Sala de entrevista penitenciaria vacía con mesa, sillas y libreta, imagen alusiva a Crímenes atroces de Enrique Zúñiga.

El criminólogo examina la violencia extrema, el overkill y la lógica social detrás de asesinatos, feminicidios y masacres.

En Crímenes atroces, Enrique Zúñiga parte de una idea incómoda: considerar “monstruo” a quien comete un asesinato puede servir para condenarlo moralmente, pero aporta poco para entender cómo una persona llega a matar. El criminólogo dirige la atención hacia los motivos, relaciones, entornos y estructuras que rodean la violencia extrema.

El libro, publicado por Grijalbo en agosto de 2026, tiene 304 páginas y reúne parte de una experiencia profesional de más de dos décadas vinculada con prisiones, criminología y derechos humanos. La editorial señala que Zúñiga ha entrevistado a miles de personas privadas de la libertad y utiliza esos testimonios para abordar asesinatos seriales, feminicidios, homicidios múltiples, desapariciones, masacres y otras expresiones de violencia.

Su pregunta principal no se limita a por qué alguien mata. También examina qué ocurre antes y después del homicidio, cómo intenta explicarlo quien lo cometió y qué cambia cuando el daño excede ampliamente lo necesario para causar la muerte.

El exceso de violencia también importa

Uno de los conceptos que atraviesa Crímenes atroces es overkill, traducido como sobrematar: ataques en los que las lesiones superan de manera considerable las necesarias para provocar la muerte.

Zúñiga lo utiliza para analizar mutilaciones, destrucción de los cuerpos y otras formas de violencia extrema que pueden adquirir una función adicional: intimidar, ejercer poder o enviar un mensaje más allá de la víctima inmediata.

Crímenes atroces, de Enrique Zúñiga, analiza la mente de los asesinos, el overkill y las lógicas sociales detrás de la violencia extrema.

El concepto existe en medicina forense, aunque sus límites no son absolutos. Una revisión sistemática publicada en 2025 encontró que overkill suele describir lesiones muy superiores a las necesarias para matar, pero también advirtió que todavía faltan criterios estandarizados y que las asociaciones entre esas lesiones y las motivaciones psicológicas proceden con frecuencia de análisis interpretativos. La evidencia física, por sí sola, no permite asignar automáticamente una intención específica al homicida.

Esa precisión amplía una de las discusiones planteadas por el libro: observar la atrocidad sin reducirla a una explicación única. Odio, celos, miedo, venganza, relaciones personales, poder y contextos sociales pueden intervenir de distintas maneras, mientras que algunos homicidas ni siquiera logran formular una explicación coherente de sus propios actos.

Quienes ordenan también forman parte

La mirada de Enrique Zúñiga tampoco termina en la persona que dispara, apuñala o golpea. Crímenes atroces incorpora a quienes deciden, planean u organizan la violencia sin ejecutarla directamente.

El autor recurre a conceptos como necropolítica, necrocapitalismo y pedagogía de la crueldad para examinar escenarios donde matar o destruir cuerpos adquiere una dimensión colectiva. La atrocidad deja entonces de ser sólo la conducta individual de una persona y puede integrarse a mecanismos de control, intimidación y ejercicio del poder.

Un libro frente a la violencia mexicana

El tema aparece en un país donde el homicidio continúa teniendo una dimensión considerable. El INEGI registró de manera preliminar 27,989 defunciones por presunto homicidio durante 2025, frente a 33,550 en 2024. La cifra disminuyó, pero sigue mostrando la magnitud de una violencia que rebasa los expedientes criminales y afecta comunidades completas.

Crímenes atroces no pretende explicar estadísticamente ese fenómeno. Su terreno es otro: las personas que participan en los actos violentos, aquello que dicen sobre ellos y las categorías con las que criminología y ciencias sociales intentan comprenderlos.

Enrique Zúñiga entre cárceles y criminología

Enrique Zúñiga estudió Psicología en la UNAM y cursó la Maestría en Criminología y Política Criminal en el Instituto Nacional de Ciencias Penales. Ha trabajado en el Sistema Penitenciario de la Ciudad de México, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados y proyectos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito en México.

En 2022 publicó La pelea por los infiernos. Las mafias que se disputan el negocio de las cárceles en México, donde abordó las estructuras criminales que operan dentro del sistema penitenciario. Su nuevo libro cambia el punto de observación: de las organizaciones y el negocio carcelario a la persona que mata y a las sociedades en las que esa violencia puede producirse.

La pregunta con la que queda Crímenes atroces resulta menos tranquilizadora que la imagen de un asesino excepcional: qué circunstancias permiten que un ser humano cruce la distancia entre imaginar la violencia y ejercerla.