Una mujer embarazada casi pierde la vista por un tumor cerebral; su caso recuerda por qué los cambios visuales deben atenderse de inmediato.
Lo que empezó como dificultad para distinguir luces y contrastes terminó en una urgencia médica de alto riesgo. Aude Watrelot, profesora universitaria en Ames, Iowa, tenía 27 semanas de embarazo cuando llegó a Mayo Clinic, en Rochester, Minnesota, casi sin poder ver.
Durante meses, su visión se había deteriorado poco a poco. Primero notó que la luz parecía más débil. Después, las tareas cotidianas se volvieron complicadas. Su esposo, Nicolas Delchier, comenzó a ayudarla a escribir correos, responder mensajes y manejar actividades que antes hacía sin ayuda.
El embarazo era especialmente esperado. La pareja había logrado concebir a su primer hijo después de un segundo intento de fertilización in vitro. Pero, mientras avanzaba la gestación, también crecía una amenaza silenciosa: un tumor cerebral que presionaba los nervios ópticos.
El diagnóstico que cambió todo
Después de acudir con un oftalmólogo sin encontrar una causa clara, Aude Watrelot fue a urgencias. Una resonancia magnética reveló un tumor grande en la base del cráneo, cerca de la glándula pituitaria.
En Mayo Clinic, el equipo confirmó que se trataba de un meningioma benigno. Aunque la palabra “benigno” puede sonar tranquilizadora, su ubicación lo volvía peligroso: el tumor comprimía los nervios ópticos y amenazaba funciones delicadas del cerebro.
Sin tratamiento oportuno, Aude Watrelot podía perder la vista de forma permanente. También enfrentaba una incertidumbre mayor: cómo intervenir sin poner en riesgo al bebé.
“Claro que tenía miedo por mí”, relató Aude Watrelot. “Pero más que nada estaba aterrada por nuestro bebé. Pensaba: ¿qué significa esto para él?, ¿va a estar bien?”.
Por qué este caso importa en México
El caso resulta relevante para México porque recuerda una regla básica de salud materna: los cambios visuales durante el embarazo nunca deben minimizarse.
En las guías de orientación para embarazadas, el IMSS considera señales como ver “lucecitas”, tener zumbido de oídos, dolor constante de cabeza, salida de líquido o sangre, hinchazón de manos o cara y disminución de movimientos del bebé como motivos para acudir de inmediato al hospital.
La visión borrosa suele asociarse con preeclampsia, una complicación hipertensiva que aparece después de la semana 20 de gestación y puede poner en riesgo a la madre y al bebé. Pero el caso de Aude Watrelot muestra que, aunque sea mucho menos frecuente, también puede haber causas neurológicas graves.
Esto no significa que toda molestia visual durante el embarazo sea un tumor cerebral. Sí significa que la pérdida progresiva de visión, los destellos, la visión borrosa persistente, el dolor de cabeza intenso o cualquier cambio neurológico requieren evaluación médica urgente.
Cirugía con dos pacientes en mente
El equipo de Mayo Clinic diseñó una estrategia con especialistas en neurocirugía, medicina materno-fetal, anestesiología, neonatología, neurología, oftalmología y otorrinolaringología. Cada decisión debía proteger a dos pacientes: la madre y el bebé.
Panos Kerezoudis, jefe residente de neurocirugía, explicó que si Aude Watrelot no hubiera estado embarazada, la recomendación habría sido operar de inmediato para intentar revertir el deterioro visual. El embarazo obligó a planear cada paso con especial cuidado.
La cirugía se programó dos semanas después. Ese margen permitió preparar mejor a la paciente, al bebé y al equipo médico, sin dejar pasar demasiado tiempo frente al riesgo de ceguera permanente.
Otra decisión crucial fue el monitoreo fetal. Al principio, el equipo consideró vigilar al bebé durante la cirugía. Sin embargo, Linda Szymanski, especialista en medicina materno-fetal, recomendó monitorearlo antes y después del procedimiento. La razón era clara: una vez iniciada la cirugía cerebral, no habría forma segura de detenerla a la mitad para realizar un parto de emergencia.
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Diez horas en quirófano
La cirugía se realizó el 27 de agosto y duró cerca de 10 horas. Jake Eide, otorrinolaringólogo especializado en cirugía de senos paranasales y base del cráneo, abrió el acceso mediante un abordaje endoscópico transnasal transesfenoidal, es decir, a través de la nariz.
Después, Gelareh Zadeh y el equipo de neurocirugía retiraron el tumor. Durante todo el procedimiento, los equipos de otorrinolaringología y neurocirugía trabajaron juntos para navegar zonas críticas cercanas a los nervios ópticos y a la arteria carótida interna, uno de los vasos principales que irrigan el cerebro.
La operación fue exitosa. Cuando Aude Watrelot despertó, recibió dos noticias decisivas: la cirugía había salido bien y su bebé seguía con vida. Aunque el ritmo cardiaco fetal se elevó, el equipo la trasladó a Labor y Parto para vigilarla de cerca.
Días después, su visión comenzó a mejorar de forma notable.
Una decisión médica para proteger la vista
El equipo dejó una pequeña porción del tumor dentro del cráneo. No fue un error ni una omisión, sino una decisión quirúrgica deliberada. Ese fragmento estaba demasiado adherido al nervio óptico derecho, por lo que retirarlo podía causar daño visual permanente u otras complicaciones graves.
La prioridad fue salvar la mayor cantidad posible de visión sin añadir riesgos innecesarios.
“Mi visión no era perfecta en ese momento, pero era extraordinaria comparada con la que tenía antes de la cirugía”, contó Aude Watrelot.
Tras recibir autorización médica, ella y Nicolas Delchier regresaron a Iowa a mediados de septiembre.
El nacimiento de Victor
La tranquilidad duró poco. Una semana después de volver a casa, Aude Watrelot rompió fuente de forma inesperada. Era 21 de septiembre, seis semanas antes de la fecha probable de parto.
La pareja acudió a urgencias, pero por el antecedente reciente de cirugía cerebral, la opción más segura fue regresar a Mayo Clinic, a menos de tres horas de distancia.
El 24 de septiembre nació Victor Delchier, un bebé sano, mediante cesárea en Mayo Clinic Hospital – Rochester, Methodist Campus. Su nombre significa “vencedor” o “conquistador”, una elección que la pareja había hecho antes, pero que terminó cobrando un sentido más profundo.
Hoy, la visión de Aude Watrelot está completamente restaurada y Victor Delchier es un bebé sano de 8 meses. El pequeño remanente tumoral sigue bajo vigilancia médica y podría tratarse en el futuro si fuera necesario.
Lección para pacientes y familias
El caso de Aude Watrelot no debe leerse como una historia de miedo, sino como una advertencia útil: durante el embarazo, los síntomas nuevos o progresivos merecen atención rápida.
En México, donde muchas mujeres todavía enfrentan barreras para recibir atención especializada oportuna, reconocer señales de alarma puede marcar una diferencia. La OPS ha insistido en que casi todas las muertes maternas son prevenibles cuando las mujeres acceden a atención respetuosa, oportuna y de calidad.
La historia también muestra el valor del trabajo multidisciplinario. En un embarazo de alto riesgo, no basta con mirar un solo órgano o una sola especialidad. La salud de la madre, el desarrollo del bebé, la anestesia, la cirugía, la vigilancia fetal y el seguimiento posparto forman parte de una misma ruta de atención.
Para Aude Watrelot, esa coordinación significó ver de nuevo. Y, sobre todo, significó poder mirar el rostro de su hijo.
