Petróleo, poder y reacomodo continental

El nuevo equilibrio energético en América avanza mientras México mantiene una estrategia incierta frente a Estados Unidos y Venezuela.

De acuerdo con Ramses Pech, analista energético de Grupo Caraiva – Grupo Pech Arquitectos, el petróleo crudo ha recuperado un papel central en la economía mundial y en la estrategia de Estados Unidos para garantizar estabilidad económica, controlar la inflación y sostener su sistema de transporte y logística.

La demanda mundial de petróleo se ubica actualmente entre 100 y 105 millones de barriles diarios. De este volumen, entre 80% y 85% se destina a procesos de refinación en las 825 refinerías que operan a nivel global. De ellas se obtienen diariamente entre 35 y 40 millones de barriles de gasolina, así como entre 25 y 30 millones de barriles de diésel, con una participación determinante del consumo estadounidense.

El peso del sector energético en la inflación explica las medidas adoptadas por Washington para mantener bajo control los precios de los combustibles. En diciembre, el componente energético de la inflación mostró una desaceleración significativa: el incremento anual se redujo a 2.3%, frente al 4.2% previo. La gasolina registró una variación negativa de -3.4%, mientras que la inflación del diésel se moderó de 11.3% a 7.4%. Estos resultados reflejan una política deliberada para evitar que los costos del transporte presionen al conjunto de la economía.

Aunque Estados Unidos es autosuficiente en combustibles para el transporte y la movilidad de las personas, no lo es en términos del tipo de petróleo crudo que requiere su sistema de refinación. Cerca del 70% de su capacidad instalada está diseñada para procesar crudos pesados y amargos, caracterizados por bajos grados API y alto contenido de azufre.

Por esta razón, las refinerías estadounidenses operan de forma óptima con mezclas de 30 a 33 grados API, combinando crudo ligero nacional con crudos pesados importados. Adaptar las refinerías para operar exclusivamente con crudo ligero implicaría inversiones multimillonarias, que no resultan viables en el contexto actual de transición energética.

Estados Unidos importa aproximadamente 6.5 millones de barriles diarios de petróleo crudo, mientras su consumo total oscila entre 18 y 20 millones de barriles diarios, una demanda que se prevé estable en los próximos años. Cerca del 90% de las importaciones corresponde a crudo pesado y amargo, indispensable para las mezclas que requiere su infraestructura de refinación.

Los principales proveedores de crudo para Estados Unidos son Canadá, seguido de México, Arabia Saudita, Irak, Brasil, Colombia, Guyana y otros países del continente americano. En un entorno de tensiones geopolíticas, Washington ha priorizado el fortalecimiento de relaciones energéticas dentro de la región, con el objetivo de reducir riesgos logísticos, costos de transporte y asegurar la calidad del crudo.

En este contexto, Venezuela vuelve a posicionarse como un actor estratégico. Si el país logra incrementar su producción entre 15% y 20% anual, podría recuperar niveles previos a 2007 en un plazo aproximado de una década. Más del 80% de esa producción podría destinarse a Estados Unidos y a otros países aliados con capacidad para refinar crudo pesado.

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A partir de enero de 2026, Venezuela prevé implementar una reforma profunda que permitirá la operación y propiedad de campos petroleros por parte de empresas extranjeras. El nuevo esquema rompe con décadas de control estatal absoluto, autoriza la comercialización directa del crudo y la retención de ingresos por los operadores, con el objetivo de reactivar una economía donde cerca del 50% de los ingresos fiscales provienen del sector petrolero. Para 2026, el gobierno venezolano proyecta un incremento de 37% en sus ingresos totales, impulsado por nuevos acuerdos con Estados Unidos.

Canadá enfrenta una vulnerabilidad estructural frente a este reacomodo. Al carecer de infraestructura soberana con salida directa al mar, 93% de su petróleo se exporta a Estados Unidos, lo que podría obligarlo a aceptar mayores descuentos si Venezuela incrementa su oferta. Este escenario podría intensificarse en el marco de tensiones comerciales y renegociaciones dentro del TMEC.

México, por su parte, enfrenta el riesgo de ser desplazado como aliado energético estratégico. La balanza comercial energética continúa siendo negativa debido a la alta dependencia de importaciones de GLP, gas natural, gasolinas, diésel, MTBE y etano provenientes de Estados Unidos. A ello se suma la falta de una estrategia clara para compensar la caída de ingresos por exportación de crudo, así como la incertidumbre en los modelos contractuales y en los mecanismos de pago a proveedores.

Actualmente, la inversión extranjera en el sector energético mexicano representa menos del 3%, frente al 20% registrado en 2018. Especialistas advierten que, en el corto plazo, resulta indispensable permitir que empresas nacionales o extranjeras operen campos con mayor autonomía y modernizar contratos vigentes desde 2015. Además, PEMEX enfrenta una capacidad productiva limitada y altos costos de refinación, en un contexto donde más del 40% de sus ingresos proviene ya de la comercialización interna de petrolíferos.

En el mercado internacional, el crudo Maya se comercializa con un descuento de 8.85 dólares por barril respecto al precio de referencia. En contraste, el crudo venezolano se coloca con un descuento de 15 dólares frente al Brent, bajo supervisión estadounidense, lo que ha permitido incrementar ingresos y mantener exportaciones hacia Asia.

El reordenamiento energético ya está en marcha. La interrogante para México no es si el tablero cambiará, sino qué decisiones tomará para no quedar rezagado en el nuevo equilibrio petrolero continental.