Dos muestras del Carrillo Gil exploran cómo las imágenes, los archivos y los objetos cambian la forma de leer el arte contemporáneo.
El museo como archivo vivo

El Museo de Arte Carrillo Gil vuelve a mirar hacia los márgenes del arte contemporáneo con dos exposiciones que no se conforman con mostrar piezas: invitan a preguntarse cómo se construye una imagen, cómo se conserva un gesto y quién decide qué entra a la historia.
Desde el 15 de mayo, el recinto ubicado en San Ángel presenta Los panteones del performance, proyecto de la artista española Cristina Garrido y la curadora mexicana Fabiola Iza, junto con En un estante, las termitas. Ana Bidart, intervención de la artista uruguaya Ana Bidart, bajo la curaduría de Laura Orozco.
Aunque parten de lenguajes distintos, ambas propuestas comparten una inquietud: desmontar la aparente estabilidad de los registros. Una fotografía, un archivo, un estante, una huella o un objeto editorial no son elementos neutrales. Guardan decisiones, omisiones, jerarquías y modos de leer el mundo.
Cuando la foto reemplaza a la acción

En Los panteones del performance, el punto de partida es una pregunta incómoda para la historia del arte: ¿qué ocurre cuando una acción efímera sobrevive principalmente por una fotografía?
El performance nació ligado al cuerpo, al tiempo y a la presencia. Sin embargo, muchas de sus obras han llegado al público, a los libros, a las exposiciones y a los relatos académicos mediante imágenes fijas. La exposición observa precisamente ese desplazamiento: el momento en que el registro deja de funcionar sólo como memoria de una acción y comienza a adquirir vida propia dentro de una narrativa histórica.
A partir de una investigación en archivos del Centro de Documentación del Museo Ex Teresa Arte Actual del INBAL y del Centro de Documentación Arkheia de la UNAM, Cristina Garrido y Fabiola Iza exploran cómo ciertas fotografías del arte acción han sido traducidas, reproducidas, intervenidas y reinterpretadas. Cada copia, recorte o circulación agrega una capa nueva; cada decisión técnica modifica la forma en que una obra entra al canon.
La exposición no idealiza el archivo. Al contrario, lo muestra como un territorio en disputa. Algunas imágenes se vuelven iconos; otras quedan relegadas. Algunas acciones alcanzan legitimidad porque existen registros visibles; otras se pierden porque no tuvieron la misma posibilidad de circular.
El poder de decidir qué se mira
La muestra también cuestiona una idea muy arraigada: que la historia del arte avanza por mérito natural de las obras. En realidad, sus relatos dependen de instituciones, publicaciones, curadurías, archivos, mercados, traducciones y circuitos de visibilidad.
Por eso, Los panteones del performance no sólo habla de fotografía. Habla de poder. ¿Quién eligió conservar una imagen? ¿Quién la reprodujo? ¿Desde qué país, idioma o institución se volvió relevante? ¿Qué cuerpos, territorios y prácticas quedaron fuera de las versiones dominantes del arte contemporáneo?
El título funciona como una provocación. Un panteón conserva restos, nombres, monumentos y silencios. En este caso, el panteón del performance no guarda cuerpos, sino imágenes de acciones pasadas que todavía condicionan lo que entendemos por arte vivo.
La propuesta ocupa el Piso 2 del MACG y permanecerá abierta hasta el 27 de septiembre. Su recorrido reúne instalaciones, video y dibujo para mirar el archivo no como un depósito pasivo, sino como una maquinaria de memoria, prestigio y exclusión.
Termitas en la librería
La segunda exposición se mueve en un registro más íntimo, pero no menos crítico. En un estante, las termitas. Ana Bidart transforma los anaqueles de la Librería del MACG en un espacio activo de exploración.
La imagen de las termitas resulta precisa: pequeños rastros, marcas casi invisibles, formas de erosión que modifican una estructura desde dentro. Ana Bidart trabaja con huellas, gestos previos al lenguaje y relaciones entre objetos, cuerpos y lectura. Su intervención no convierte la librería en una sala convencional, sino en un territorio donde el público puede acercarse, abrir compartimentos, revisar materiales y seguir señales.
La exposición plantea una pregunta sencilla sólo en apariencia: ¿cómo se organiza el conocimiento? En un museo, los libros, catálogos, estantes y archivos suelen funcionar como soportes de consulta. Aquí, en cambio, se vuelven parte de la obra. El librero deja de ser mobiliario para convertirse en una superficie de lectura, juego, sospecha e interacción.
Leer también es tocar
Bajo la curaduría de Laura Orozco, la propuesta de Ana Bidart abre un diálogo entre lo artístico y lo editorial. No se trata sólo de mirar piezas terminadas, sino de atender gestos mínimos: marcas, residuos, señales, cavidades, materiales y pequeños desplazamientos.
Esa escala obliga a bajar el ritmo. Frente a una cultura visual dominada por la velocidad, la exposición propone otra forma de atención. Leer no significa únicamente pasar los ojos por una página; también implica tocar, abrir, relacionar, recordar y construir sentido con lo que aparece entre capas.
La muestra podrá visitarse hasta el 11 de octubre. Su ubicación dentro de la Librería del MACG refuerza una de sus ideas principales: el conocimiento no siempre se ordena de manera limpia, vertical o definitiva. A veces aparece en los bordes, en las grietas, en los restos o en aquello que parece secundario.
Dos formas de mirar lo que queda
Las dos exposiciones dialogan porque parten de una misma tensión: el arte no sólo vive en la obra visible, sino en los procesos que la registran, la archivan, la interpretan y la ponen en circulación.
En Los panteones del performance, la fotografía revela cómo una acción puede transformarse en documento, y luego en símbolo. En En un estante, las termitas. Ana Bidart, los objetos editoriales muestran que la lectura también tiene cuerpo, espacio y memoria.
El resultado es una doble invitación: mirar el museo como algo más que un lugar de exhibición y entenderlo como un sistema de relaciones. Ahí conviven imágenes que se vuelven historia, objetos que desordenan certezas y públicos que participan en la construcción del sentido.
Ambas exposiciones estarán abiertas al público en el Museo de Arte Carrillo Gil, en Avenida Revolución 1608, colonia San Ángel, Ciudad de México. El horario habitual es de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas. La entrada general es de 70 pesos, con entrada libre para estudiantes, maestros, beneficiarios del INAPAM, personas con discapacidad y menores de 12 años; los domingos hay entrada libre general.
