Asma: respirar también cuesta

Millones viven con asma en México; contaminación, infecciones y mal control agravan una enfermedad que impacta salud, escuela y trabajo.

Una enfermedad común que todavía se minimiza

Respirar debería ser automático. Para millones de personas en México, no siempre lo es. El asma, una enfermedad crónica que inflama y estrecha las vías respiratorias, forma parte de la vida diaria de niñas, niños, adolescentes y adultos que enfrentan tos persistente, silbidos en el pecho, falta de aire, opresión torácica y crisis que pueden terminar en urgencias.

En México, se estima que 8.5 millones de personas viven con asma. De ese universo, una proporción relevante corresponde a niñas y niños de entre 5 y 14 años, etapa en la que respirar bien también significa dormir mejor, aprender, jugar, hacer deporte y asistir con regularidad a la escuela.

Aunque mucha gente la asocia con “alergias” o con episodios aislados de falta de aire, el asma no es un malestar menor ni una condición que deba normalizarse. Es una enfermedad respiratoria crónica que requiere diagnóstico, seguimiento médico y control. Cuando no se atiende de manera adecuada, afecta la calidad de vida, eleva los costos familiares y puede poner en riesgo la vida.

El problema no está sólo en los pulmones

El asma no aparece ni se agrava por una sola causa. Intervienen factores genéticos, ambientales, alérgicos, infecciosos y sociales. En muchos pacientes existe un proceso conocido como inflamación tipo 2, una respuesta del sistema inmunológico que participa en distintas enfermedades crónicas y que puede ayudar a explicar por qué algunas personas tienen síntomas persistentes o crisis recurrentes.

Comprender mejor estos mecanismos permite avanzar hacia diagnósticos más precisos y tratamientos ajustados a cada paciente. Sin embargo, el reto no termina en el consultorio. Para que una persona controle su asma necesita acceso a atención médica, medicamentos adecuados, educación sobre el uso correcto de inhaladores y capacidad para identificar los factores que detonan sus crisis.

Ahí aparece una de las grandes brechas: muchas personas viven con síntomas durante meses o años sin un diagnóstico claro. Otras tienen tratamiento, pero lo abandonan cuando se sienten mejor. También hay quienes dependen sólo de medicamentos de rescate, sin una estrategia de control a largo plazo. El resultado puede ser un ciclo de crisis, urgencias, gastos y deterioro cotidiano.

Contaminación y cambio climático: respirar en desventaja

El asma también refleja el ambiente en el que vivimos. La contaminación del aire, el humo, el polvo, los cambios bruscos de temperatura, los pólenes, los hongos y los irritantes químicos pueden detonar o empeorar los síntomas. En las ciudades, el tráfico vehicular, la actividad industrial, la quema de combustibles y la mala calidad del aire aumentan la carga para quienes ya tienen vías respiratorias sensibles.

A escala global, casi toda la población respira aire que rebasa los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Esto convierte al asma en algo más que una condición individual: también es un indicador de desigualdad ambiental. No todas las personas viven, estudian o trabajan en espacios con la misma ventilación, la misma calidad del aire o la misma capacidad para reducir exposiciones dañinas.

El cambio climático añade otra capa de riesgo. El aumento de temperaturas, las temporadas de polen más prolongadas, los incendios, las sequías, las lluvias extremas y la concentración de contaminantes pueden elevar la frecuencia e intensidad de las crisis respiratorias. Las niñas y los niños son especialmente vulnerables porque sus pulmones aún están en desarrollo y respiran más aire por kilogramo de peso que una persona adulta.

En otras palabras: controlar el asma no depende sólo de llevar un inhalador. También exige ciudades menos contaminadas, viviendas más seguras, escuelas con mejor ventilación y políticas públicas que reconozcan la salud respiratoria como parte de la agenda ambiental.

Niños que faltan a clases, adultos que faltan al trabajo

Cuando el asma no está controlada, la enfermedad entra a la rutina familiar. Una crisis nocturna puede convertirse en una mañana sin clases. Una tos persistente puede afectar el sueño, la concentración y el rendimiento escolar. En adultos, los síntomas pueden provocar ausentismo laboral, menor productividad o restricciones para realizar actividades físicas.

El impacto económico tampoco se limita al costo de los medicamentos. Las crisis agudas pueden implicar consultas, traslados, nebulizaciones, servicios de urgencias, hospitalización y días de cuidado familiar. Para hogares con ingresos ajustados, una enfermedad crónica mal controlada puede convertirse en una carga constante.

Además, el asma afecta emocionalmente. Quien ha vivido una crisis respiratoria sabe que la falta de aire no sólo produce malestar físico: también provoca miedo. En niñas y niños, esa experiencia puede generar ansiedad ante el ejercicio, las salidas, los cambios de clima o los contagios respiratorios. En madres, padres y cuidadores, cada episodio puede activar una alerta permanente.

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Infecciones respiratorias: el riesgo de una crisis

El asma no existe aislada de otras enfermedades respiratorias. Infecciones como influenza, COVID-19, virus sincicial respiratorio y otros cuadros virales pueden agravar los síntomas y desencadenar crisis. Por eso, la prevención, la vacunación cuando corresponde y la atención temprana de infecciones respiratorias forman parte del cuidado integral.

Como señaló el doctor Iván Torres, enlace de ciencias médicas del área respiratoria de Sanofi, es importante considerar la interconexión entre las enfermedades respiratorias al diagnosticar y orientar el tratamiento de los pacientes. En su lectura, enfermedades respiratorias crónicas como el asma pueden exacerbarse por infecciones causadas por virus como el sincicial respiratorio o la influenza.

La idea central es clara: no basta con tratar la crisis cuando ya apareció. El control del asma requiere anticiparse a los detonantes, reconocer señales de alarma y mantener comunicación con personal médico. Tos nocturna frecuente, necesidad repetida de medicamento de rescate, falta de aire al caminar o hacer ejercicio, despertares por síntomas respiratorios y visitas recurrentes a urgencias son señales de que el control puede no ser suficiente.

Tabaquismo: un detonante evitable

El humo del tabaco sigue siendo uno de los factores más dañinos para la salud respiratoria. Fumar puede agravar enfermedades pulmonares existentes, incluido el asma, y aumentar el riesgo de infecciones respiratorias. La exposición al humo de segunda mano también afecta a niñas, niños, adolescentes y adultos que no fuman, pero conviven con personas fumadoras en casa, el auto, espacios cerrados o entornos laborales.

En pacientes asmáticos, el tabaco puede irritar las vías respiratorias, reducir la respuesta al tratamiento y aumentar la frecuencia de síntomas. Por eso, dejar de fumar y evitar la exposición al humo debe verse como una medida concreta de prevención, no como una recomendación secundaria.

El problema se vuelve más complejo con productos de nicotina y vapeadores, que muchas veces se presentan como alternativas menos dañinas. Para personas con vías respiratorias sensibles, inhalar sustancias irritantes puede representar un riesgo adicional, especialmente cuando existe asma no controlada.

Controlar el asma también es política pública

El asma puede controlarse, pero para lograrlo se necesita una respuesta más amplia. La atención médica debe detectar síntomas a tiempo, confirmar diagnósticos, orientar el tratamiento y enseñar el uso correcto de inhaladores. Las escuelas deben saber cómo actuar ante una crisis. Las familias necesitan información clara para no normalizar la falta de aire. Las ciudades deben reducir contaminantes. Y los sistemas de salud deben garantizar acceso continuo a tratamientos eficaces.

La enfermedad también exige combatir mitos. No es normal que una niña se canse siempre más que sus compañeros. No es normal despertar varias noches por tos. No es normal evitar caminar, correr o subir escaleras por falta de aire. Tampoco es suficiente “aguantarse” hasta que pase la crisis.

Respirar bien no debería ser un privilegio ligado al código postal, al ingreso familiar o a la posibilidad de pagar atención privada. Si millones de personas en México viven con asma, el país necesita mirar la enfermedad como lo que es: una condición crónica, frecuente, controlable y profundamente conectada con el ambiente, la prevención y la calidad de vida.